La organización de la producción y del consumo fragua en nosotros divisiones de trabajo y de función y produce personas profesionalizadas (el arquitecto, el profesor y el poeta así como el proletario, todos los cuales, como señalan Marx y Engels en el Manifiesto comunista, “han perdido su halo” y se han convertido de una y otra en agentes asalariados del poder burgués). Vivimos en un mundo social que nos convierte a todos en fragmentos de gente con apegos, destrezas y capacidades particulares, integradas en esas poderosas y dinámicas estructuras que denominamos “modo de producción”. Nuestra “posicionalidad” o “situacionalidad” en relación con éste es un constructo social, de la misma forma que el modo de producción es una creación social. Esta “posicionalidad” define quiénes o qué somos (al menos por ahora). Y “si lo vemos desde” dentro, ese proceso proporciona buena parte del material para nuestra conciencia y nuestro imaginario.
Pero “qué y en qué medida lo vemos” desde “donde lo vemos” también varía según las elaboraciones espacio-temporales y las decisiones que tomemos en el mundo que habitamos. El acceso a la información a través de los medios de comunicación, por ejemplo, y las calidades y controles del flujo de información desempeñan un papel importante en la forma en que esperamos comprender y cambiar el mundo. Estos horizontes, tanto espaciales como temporales, se han ampliado y comprimido simultáneamente en los últimos treinta años, y cualquier proyecto político debe plantearse intervenir en los flujos de información resultantes para que sean progresistas y constructivos. Pero sólo es necesario persuadir a la gente de que mire más allá de las fronteras de ese mundo miope de la vida diaria en el que necesariamente todos habitamos.
(…)
Volvamos a la figura del arquitecto insurgente. Él, o ella, actúa según un papel socialmente elaborado (a veces incluso preformativo), al tiempo que se enfrenta a las circunstancias y a la conciencia que deriva de una vida diaria que demanda tiempo, donde existen expectativas sociales, donde se adquieren destrezas que supuestamente habrá que utilizar de manera limitada y para propósitos normalmente definidos por otros. El arquitecto parece entonces un piñón en la rueda de la urbanización capitalista, tanto construido por ese proceso como constructor del mismo (¿no fue ése el caso de Haussmann, Cerdà, Ebenezer Howard, Le Corbusier, Oscar Niemeyer y de todo los demás?).
Pero el arquitecto puede (y de hecho debe) desear, pensar y soñar con la diferencia. Y además de la imaginación especulativa que necesariamente despliega, tiene a su disposición recursos críticos especiales con los que generar visiones alternativas sobre las múltiples posibilidades. Uno de tales recursos radica en la tradición del pensamiento utópico. “De dónde lo aprendemos” puede convertirse entonces en algo igual de importante, si no más, que “lo que podemos ver desde donde lo vemos”.
Los esquemas utópicos de forma espacial abren típicamente la construcción de la persona política a la crítica. Lo hacen imaginando sistemas de derechos de propiedad, organizaciones de la vida y el trabajo, formas de trabajo reproductivo, completamente diferentes, todos los cuales se manifiestan como formas espaciales y ritmos temporales completamente distintos. Esta reorganización propuesta (incluidas sus relaciones sociales, sus formas de trabajo reproductivo, sus tecnologías, sus formas de provisión social) posibilita el establecimiento de una conciencia radicalmente distinta (de las relaciones sociales, las relaciones de género, las relaciones con la naturaleza, según sea el caso) junto con la expresión de diferentes derechos, deberes y obligaciones basados en formas colectivas de vida.
Postular tales alternativas nos permite dirigir un “experimento mental” en el que imaginamos cómo sería estar (y pensar) en una situación diferente. Afirma que al cambiar nuestra situacionalidad (material y mentalmente) podemos cambiar nuestra forma de ver el mundo. Pero también nos indica lo difícil que será el trabajo práctico de salir de donde estamos para entrar en una situación como ésa. El problema del huevo y la gallina, cómo cambiarnos a nosotros mismo al tiempo que cambiamos el mundo, debe ponerse lenta pero persistentemente en movimiento. Pero ahora se entiende como proyecto para alterar las fuerzas que constituyen la persona política, mi persona política. Yo, como persona política, puedo cambiar mi política cambiando mi posicionalidad y mi horizonte espacio-temporal. Puedo también cambiar mi política en respuesta a cambios en el mundo que me rodea. Nada de esto se puede producir mediante una ruptura radical (aunque los acontecimientos traumáticos y las crisis sociales han abierto a menudo el camino hacia concepciones radicalmente diferentes). Es necesaria la perspectiva de una larga revolución.
Pero para establecer esa revolución hace falta una cierta colectivización del impulso y del deseo de cambio. Nadie puede llegar muy lejos por su cuenta. Pero situado como arquitecto insurgente, armado de diversos recursos y deseos, algunos obtenidos directamente de la tradición utópica, puedo aspirar a ser un agente subversivo, un quintacolumnista dentro del sistema, con un pie firmemente plantado en un campo alternativo.
David Harvey,Espacios de esperanza, pág 271
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