Si hubiese sucedido al alba,
habría mencionado el denso olor a manzanilla
salvaje que rezuma
el aire en el estío de las regiones bajas.
Pero no es el alba
y el pueblo es casi una ciudad,
una ciudad que huele
a pueblo que desiste de ser pueblo.
No huele a manzanilla,
huele a piel que se agrieta,
huele a asfalto mojado,
huele a perro, a trasplante,
huele a miedo enfundado en la mirada cómplice
de los espectadores,
los que miran a otros, los que miran,
lo que siempre son otros, transeúntes,
los que transmigran siempre
de sí mismo a sí mismo
y desembocan siempre por el mismo costado.
Huele a pueblo que es casi una ciudad y el alba
no huele a manzanilla aunque ahora no sea
ni el alba ni las doce del mediodía, cuando
el viento trae aquellos olores a resina que empalaga.
No es el alba. Tampoco es pueblo ni ciudad,
es una calle o mejor una esquina
y huele a suelas calientes de asfalto,
huele a asfalto sediento,
y a neumático.
Chantal Maillard, Matar a Platón, pág 57
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