miércoles, 23 de junio de 2010

Bruno Latour: Nunca fuimos modernos

¿Sería yo entonces, literalmente, posmoderno? El posmodernismo es un síntoma, y no una solución fresca. Vive bajo la Constitución moderna pero no cree ya en las garantías que ofrece. Siente que algo no funciona bien en la crítica, pero no sabe hacer otra cosa que prolongar la crítica, son por ello creer en sus fundamentos. En vez de pasar al estudio empírico de las redes que da sentido al trabajo de purificación que denuncia, el posmodernismo rechaza todo trabajo empírico como ilusorio y engañoso. Racionalistas decepcionados, sus adeptos sienten a las claras que el modernismo ha terminado, pero siguen aceptando su manera de repartir el tiempo y por tanto no pueden recortar las épocas sino por revoluciones que suceden unas a otras. Sienten que llegaron “después” de los modernos, pero con el desagradable sentimiento de que no hay más después. No future, tal es su eslogan, que se añade al de los modernos, No past. ¿Qué les queda? Instantes sin relación y denuncias sin fundamento, puesto que los posmodernos no creen ya en las razones que les permitirían denunciar e indignarse.

Una solución diferente aparece no bien seguimos al mismo tiempo la Constitución y lo que ella permite o prohíbe, no bien estudiamos en detalle el trabajo de producción de hibridos y el de eliminación de esos mismo híbridos. Nos percatamos entonces de que jamás fuimos modernos en el sentido de la Constitución. La modernidad nunca comenzó. Nunca huno un mundo moderno. El uso del pretérito es aquí de importancia, porque se trata de un sentimiento retrospectivo, de una relectura de nuestra historia. No entramos en una nueva era; no continuamos ya la fuga extraviada de los pos-pos-posmodernistas; no nos ponemos ya a la vanguardia de la vanguardia; no tratamos de ser todavía más listos, todavía más críticos, de ahondar todavía un poco más la era de la sospecha. No, nos percatamos de que nunca empezamos a entrar en la era moderna. Caracterizo esa actitud retrospectiva que despliega en vez de develar, que agrega en vez de sustraer, que fraterniza en vez de denunciar, que selecciona en vez de indignarse, como la expresión no moderna. Es no moderno aquel que considera a la vez la Constitución de los modernos y los asentamientos de híbrido que ella niega. (…) Nos damos cuenta de que las explicaciones todavía no habían comenzado, y que siempre fue así, que jamás fuimos ni modernos ni críticos, que nunca hubo un pasado ni un antiguo régimen, que jamás abandonamos realmente la vieja matriz antropológica, y que no podía ser de otro modo.

Percatarse de que nunca fuimos modernos y de que no estamos separados de los otros colectivos sino por pequeñas divisiones no implica que seamos reaccionarios. Los antimodernos combaten con saña los efectos de la Constitución pero la aceptan por completo. Quieren defender o las localidades, o el espíritu, o la pura materia, o la racionalidad, o el pasado, o la universalidad, o la libertad, o la sociedad, o Dios, como si esas entidades existieran en realidad y tuvieran en verdad la forma que les concede la Constitución moderna. Lo único que varían es el signo y la dirección de su indignación. Hasta aceptan de los modernos su principal extravagancia, la idea de un tiempo que pasaría en forma irreversible y que anularía tras de sí todo el pasado. Ya se quiera conservar un pasado semejante o se lo quiera abolir, en ambos casos se mantiene la idea revolucionaria por excelencia de que una revolución es posible. Pero esta misma idea nos parece exagerada, porque la revolución no es más que un recurso entre muchos otros en historias que nada tiene de revolucionario, ndad de irreversible. “En potencia”, el mundo moderno es una invención total e irreversible que rompe con el pasado, así como “en potencia” las revoluciones francesa o bolchevique son las partera de un nuevo mundo. “En redes”, el mundo moderno, como las revoluciones, casi no permite más que alargamientos de prácticas, aceleraciones en la circulación de los conocimientos, una extensión de las sociedades, un incremento del número de actuantes, múltiples acondicionamientos de viejas creencias. Cuando las vemos “en red”, las innovaciones de los occidentales son reconocibles e importantes, pero no hay ya con qué construir toda una historia, una historia de ruptura radical, de destino fatal, de desgracias o dichas irreversibles.

Tanto los antimodernos como los posmodernos aceptaron el terreno de sus adversarios. Otro terreno, mucho más vasto, mucho menos polémico, se abrió a nosotros, el de los mundos no modernos. Es el Imperio del Medio, tan vasto como la China, tan desconocido como ella.

Bruno Latour, Nunca fuimos modernos (Ensayo de antropología simétrica), pag 76

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