miércoles, 31 de marzo de 2010

Raymond Ledrut: La imagen de la ciudad, parte 3

En el modelo “concreto”, las relaciones vitales entre el individuo y la ciudad juegan un papel esencial. Preferir una ciudad, un tipo de ciudad, es referirse a una ciudad con a que se mantienen relaciones afectivas profundas. Poco importa su forma espacial, su organización. El modelo “concreto” es aquel que integra al individuo en la ciudad mediante una ligazón fundamental y primitiva de pertenencia recíproca. El individuo “echa raíces” en ese medio, un medio que le pertenece, del que se apropia. Tal es el hecho esencial del que derivan todos los demás.

Por el contrario, el modelo “abstracto” deja al individuo fuera de la ciudad, lo convierte en algo exterior a ella. El individuo, en cierto modo, también “echa raíces”, está apegado a algo, pero flota en relación con los lugares. No es que no le gusten –y viceversa- ciertos lugares, pero su complacencia es comparable a la de los vagabundos de la “generación perdida”, a la de los turistas, o los aficionados a los “bellos paisajes”. El modelo abstracto es un sistema objetivo en el que dominan el espacio, las formas y las relaciones espaciales, en el que la exterioridad prevalece sobre la interioridad (de los objetos; del objetos y de los sujetos): partes extra partes. Este modelo es claramente más “urbanístico”, en el sentido estricto del término, que el otro. Nos remite a un urbanismo considerado como simple disposición de relaciones espaciales entre volúmenes y trazos. Es el modelo más comprensible para los “urbanistas”: les habla en su propio lenguaje. Pero, desde luego, no es el más extendido en la Francia de hoy, ni siquiera entre los individuos “móviles”. La necesidad de arraigar en alguna parte, la necesidad de sentir apego a un “hogar” sigue siendo muy fuerte.

Es de destacar la existencia de cierto número de asociaciones nada despreciables y muy características entre las referencias biográficas que aparecen en las motivaciones y algunos valores urbanos. Los “agregados” son más partidarios que los otros del libre desarrollo de las ciudades y se muestran poco inclinados a la creación de ciudades nuevas. Los restantes son “conservadores” y no desean ver desaparecer ningún elemento de la ciudad en que habitan (la proporción de éstos dobla con creces a la de aquéllos: 24 por ciento contra 11 por ciento). El urbanismo de tiralíneas, el urbanismo funcional, que corta por lo sano, no corresponde en casi nada a sus tendencias profundas. Ellos se adaptarían con más facilidad a la falta de higiene, a las diversas incomodidades, que a cambios radicales en el medio en que se desarrolla su existencia. Y es que su espacio es algo “animado”. Los que desean grandes cambios son menos numerosos que los otros. Aquí se ve su poca predisposición a un mundo en el que predomine el pensamiento urbanístico. Se sienten extraños a esa visión planificadora exterior que se basa en normas intelectuales “abstractas”.

Este rechazo del urbanismo “abstracto” está ligado a valores específicos. Los individuos que invocan razones biográficas son particularmente sensibles a la tranquilidad. Consideran, aún más que los otros, que una ciudad debe aportar ante todo “calma”, “tranquilidad” a sus habitantes. Y hablan mucho menos de la “animación”, del movimiento de las ciudades. ¿No será que la animación, la vida exterior, el hormigueo de las ciudades es un simple sucedáneo de los sentimientos auténticos? ¿No se buscará la urbe “viva”, es decir, trepidante, cuando ya no se puede gozar tranquilamente de la alegría de vivir que ofrecen las viejas ciudades? En cuanto al “género” de ciudad a que pertenece la que ellos prefieren, los individuos que invocan razones biográficas al hablar de sus preferencias por una ciudad, vuelven a poner de manifiesto la importancia que conceden al valor “calma”, “tranquilidad”. (La asociación está muy clara.)

Por lo mismo, la atención de estos individuos se centra espontáneamente en los aspectos “humanos” de la ciudad mucho más que en los aspectos “físicos”. Mientras que los otros se muestran sensibles a la Naturaleza, al clima, los individuos ligados a la ciudad por toda su vida anterior se refieren más a los hombres y sus actividades. Esto no quiere decir que no disfruten con los encantos de sus parques o las bellezas de sus paisajes. ¡Pero lo esencial no es eso! Cuando los valores afectivos que ligan a los hombres a la ciudad se derrumban o se esfuman, otros valores pasan a primer plano. El esteticismo y el funcionalismo destacan entonces con fuerza. Se crea un modelo en el que dominan el espacio, las formas, las funciones y la materialización abstracta de esas formas y esas funciones.


Raymond Ledrut, La significación del entorno, pág 49

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