Lo monumental constituye un modo secundario cuyo papel no es despreciable, si tomamos el término en su acepción más amplia: no sólo en el sentido de edificio, sino también en el de lugar singularizado. Es cierto que la ciudad se manifiesta a través de sus monumentos en la imagen que nos formamos de ella, pero mucho menos de lo que se cree normalmente. Cierto también que no faltan individuos que evocan un monumento cuando se les pregunta en qué piensan al oír el nombre de Toulouse o Pau, pero son relativamente poco numerosos: alrededor de un 10 por ciento de los entrevistados. Por otra parte, cuando se trata de definir lo que a su juicio caracteriza mejor la ciudad en que habitan, no son muchos los que eligen monumentos: sólo el 22 por ciento vieron su ciudad encarnada en uno o más monumentos. Este porcentaje es más alto que el anterior porque la atención de los sujetos estaba centrada ya en el aspecto objetivo de la ciudad.
El monumento aparece más como un signo que como una expresión de la ciudad. Es decir, que, a no ser que lo reduzcamos todo a fabricar un índice, una señal, una etiqueta, el monumento es más un medio de localizar, de fijar una ciudad que una forma de verla plenamente a través de una manifestación relevante. El análisis de las actitudes y las representaciones muestra claramente que los monumentos destacados constituyen un “blasón” de la ciudad cuyo sentido se nos escapa, de la misma forma que la heráldica tiene para el gran público más de prestigio que de inteligibilidad.
Por ello, la dimensión monumental nos remite a una dimensión histórica de forma y significación muy particulares. El monumento es un elemento de la identidad y la personalidad urbana, porque no remite al pasado de la ciudad, a su persistencia en el tiempo. La estética pura tiene en sí misma una función muy subalterna, tanto en la significación del monumento como en la imagen de la ciudad. Interviene en la vida urbana de otra forma y a otro nivel. La ciudad y sus monumentos no aparece fundamentalmente como obras de arte. La belleza juega un papel importante en la vida de los habitantes de la ciudad, pero sus imágenes no son estéticas en absoluto.
Cuando los individuos tienen que designar los monumentos más característicos de su ciudad, una mayoría aplastante (70 por ciento de las respuestas) elige los monumentos antiguos. Y son estos monumentos (edificios y lugares) lo que enseñan a los forasteros de paso. Pero poco sujetos (el 15 por ciento) consideran estos monumentos relacionados con acontecimientos de su vida. En cambio, casi la mitad (48 por ciento) los relacionan con la historia (el 35 por ciento con historia lejana). Es igualmente curioso que los individuos que desean la conservación de esos monumentos en su forma actual invoquen la personalidad cultural de la ciudad (representan el 75 por ciento de la muestra). La mayor parte de esos individuos no saben ni con qué acontecimientos históricos, ni con qué período, ni con qué etapa de la civilización están relacionados esos monumentos de los que hablan. La historia a la que se refieren es algo perfectamente indefinido: se reduce pura y simplemente a la antigüedad. Este amor por lo antiguo es un rasgo característico de las civilizaciones llamadas “modernas”: la historia adquiere entonces un sentido mítico, y no en el sentido antropológico de lo legendario, sino en el sentido psicoanalítico de lo ilusorio en función adaptativa. La antigüedad proporciona una sensación de seguridad, porque el monumento está desprovisto de simbolismo. El simbolismo de la antigüedad es la expresión misma de la pérdida de simbolismo: ¡es el símbolo de lo no simbólico!, Lo histórico, como expresión de la permanencia de la personalidad, podría intervenir en la conciencia histórica de la creación de la personalidad urbana a través de sus monumentos: sería el Museo de Imágenes de la ciudad. En definitiva, no sería nada.
Los monumentos modernos parecen intervenir muy débilmente en el simbolismo urbano, y casi siempre de una forma negativa. En la encuesta efectuada en Toulouse y en Pau, ningún monumento moderno surgió espontáneamente como representativo de la ciudad. Cuando se trataba de definir lo que caracterizaba mejor a esas ciudades, sólo el 5 por ciento de la muestra hizo alusión a un monumento moderno. Los monumentos modernos aparecen mal integrados en la personalidad urbana tal como la ven y la viven sus habitantes. Están ligados a la existencia urbana únicamente para aquellos que tienen una imagen netamente repulsiva de la ciudad. Ambos fenómenos guardan una relación mutua: el “Gran Ensemble”, por ejemplo, está relacionado más directamente con el universo “técnico” que con la individualidad urbana, pero cuando los dos sistemas (el técnico y el urbano) entran en contacto, la imagen de la ciudad se torna repulsiva. Al simbolismo modernista de la ciudad corresponde una coloración sombría del terreno vital. Cuando se acepta lo moderno y lo “funcional” es que tiene pocas virtudes simbólicas. Lo que hay de moderno en el “espectáculo del consumo” no entra en el simbolismo urbano y pertenece a una temática muy distinta de la que es propia la ciudad.
Por lo demás, cuando se pide a los encuestados que escojan aquello que caracteriza mejor a la ciudad aparte de los monumentos, casi el 40 por cieno habla del aspecto social de la ciudad: los hombres y sus actividades (industria, comercio, universidad…). La ciudad parece entonces expresarse, manifestarse, tanto en su calidad de ente colectivo como en su calidad de determinante material y espacial. Se presenta como un conjunto de lugares significativos, como una unidad física vista bajo diversos aspectos –monumentos, clima, topografía (un individuo respondió que, cuando piensa en Toulouse, se imagina “la representación de la ciudad en un mapa”)-, pero también como unidad social. Una ciudad posee cierta personalidad “cultural”: las gentes tienen su propia forma de vivir (“espíritu tolosano”, “la ciudad es abierta, la gente es amable”, “gentes comunicativas, acogedoras” etc.). También aparece esto cuando se interroga a los individuos sobre las ciudades que no les gustan: casi siempre censuran el carácter d sus habitantes. Una ciudad está integrada por personas con sus correspondientes formas de vida. Y esto es precisamente lo que la convierte, en pare al menos, en “rosa” o en “gris”. Pero una ciudad es también, para su habitantes, el conjunto de actividades –industriales, comerciales, universitarias- en que se expresa. Existe una personalidad actuante, de la misma forma que hay una personalidad cultural e histórica: Toulouse es la Aeronáutica.
Raymond Ledrut, La imagen de la ciudad,
extraído de XAvier Sust, la significación del entorno, pág 38
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