sábado, 13 de marzo de 2010

Josep María Montaner: Los límites del racionalismo

El racionalismo es uno de los conceptos que más ha entrado en crisis desde la Segunda Guerra Mundial. Racionalismo y funcionalismo fueron interpretados por Theodor W. Adorno como mecanismos empobrecedores de las complejidades y cualidades de la realidad, aliados con el sistema capitalista que introduce continuamente unificación y cuantificación, que limita las cosas a mera utilidad y determinación económica. Lo que no está cosificado, lo que no se deja numerar ni medir, no cuenta. Tal y como había señalado Walter Benjamin, la razón y el progreso tienen un carácter ambivalente: si por una razón parte comportan la mejor de la ida humana, el desarrollo tecnológico y el aumento de la socialización, por otra aportan instrumento más perfeccionados de dominación del individuo y de explotación de la naturaleza.

Desde el pensamiento existencialista hasta las metodologías estructuralistas se ha consumado una evolución que ha distanciado del estricto racionalismo. De hecho, ya el gran esfuerzo por racionalizar la sociedad en el periodo de entreguerras había convivido con la tendencia a liberar la irracionalidad y atacar la racionalidad instrumental en los manifiestos de los surrealistas, en la arquitectura expresionista, en los experimentos formales de Frederick Kiesler y en la teoría teosófica de Rudolf Steiner concretada en las dos experiencias de Goetheanum (1913-1928). Incluso en los mismos orígenes de la arquitectura moderna existen avisos como el de Gian Battista Piranesi, desvelando el lado irracional y tenebroso del proyecto moderno. Y no es casualidad que tanto Adorno como Derrida hayan tomado como referencias para su crítica a la modernidad a los escritores surrealistas Antonin Artaud y George Bataille.

En ciertos momentos históricos se ha producido un exceso de racionalismo que ha acabado fracasando por su parcialidad y por su insuficiencia. Un ejemplo ilustrativo lo constituyen los intentos de modificar la semana planetaria de siete días, adoptada por el Imperio Romano desde el siglo II y que paulatinamente se implantó en la mayor parte del mundo. Este intervalo artificial, creado por el hombre, que se corresponde con las fluctuaciones biológicas internas, se ha intentado reformar durante algunos de los momentos históricos más autoritarios. La Revolución Francesa intentó proponer estructuras por decenas, de diez días, que se mantuvieron sólo durante catorce años. Stalin entre 1929 y 1940 intentó imponer semanas de cinco días, primero, y años más tarde de seis días. También fracasó.

Por lo tanto, podemos establecer, a grandes rasgos, que a lo largo de siglos las diversas manifestaciones del racionalismo han constituido una fuerza de renovación y progreso. Pero si desde el renacimiento gasta principios del siglo XX ha constituido un motor para la desacralización y humanización del mundo, en la segunda mitad del siglo se ha convertido en un freno, un obstáculo, un límite, una simplificación de la complejidad. Este proceso empezó a gestarse en el pensamiento romántico y en distintos momentos de contrapunto al predominio exclusivo de la razón. Y ha sido especialmente a partir de los años cuarenta cuando se ha puesto en evidencia una desilusión radical acerca de una confianza, otrora desmedida, en la razón. Dicha confianza se había expresado, por ejemplo, en la idea de ciudad ideal, en el deseo de una ciudad perfecta, homogénea, pretendidamente justa y evidentemente cerrada y sin memoria que florece desde el renacimiento hasta el urbanismo del movimiento moderno pasando por el momento culminante del socialismo utópico. A lo largo del siglo XX, la posibilidad de la utopía va siendo sustituida por la referencia a la distopía, la utopía negativa. Paradójicamente, sin embargo, las ciudades modernas de nueva planta se crearon en los años sesenta: Brasilia, Chandigarh y Dacca.



La tesis básica de La arquitectura de la ciudad (1966) de Aldo Rossi es la de interpretar la ciuad como fenómeno cultural, humano, económico y geográfico de una extrema complejidad. Además, Rossi plantea una crítica explícita al “funcionalismo ingenuo” en general (rebatiendo las concepciones de Bronislav Malinowsky) y, en concreto desmontando el prejuicio de que la función precede a la forma, negando que la función sea la legitimadora del discurso espacial. La realidad demuestra lo contrario: la definición formal es predominante en la arquitectura y potencia el cambio de usos; es la función la que sigue a la forma. El libro, en definitiva, es un alegato contra la pretensión de una interpretación exclusivamente racionalista y cuantitativa de la complejidad urbana.

En el Teatro de Mundo (1979), Rossi crea una arquitectura con una misión exclusivamente simbólica, que es narración y preparación para un acontecimiento. El teatro se confunde con la vida, mostrando alternativamente el vacío del escenario y la presencia de la memoria de la cudad de Venecia. Esta obra de Rossi manifiesta como el espacio arquitectónico tiene valor en sí mismo, más allá de las cuestiones funcionales; niega la función como legitimadora del discurso arquitectónico.

En complejidad y contradicción en la arquitectura (1966) Robert Venturi argumentó la imposibilidad de reducir el fenómeno arquitectónico a un solo sistema lógico y estético. Venturi, en palabras de August Heckscher, manifiesta: “El racionalismo nació entre la simplicidad y el orden, pero el racionalismo resulta inadecuado en cualquier período de agitación. Entonces el equilibrio debe crearse en lo opuesto. La paz interior que los hombres ganan debe suponer una tensión entre la contradicciones e incertidumbres. Un espíritu de ironía permite al hombre entender que nada es tal como parece y que causas casi invariable comportan resultados inesperados. Una sensibilidad paradójica permite que aparezcan unidas cosas aparentemente diferentes y que su incongruencia sugiera una cierta verdad. El paso de una visión de la vida compleja e irónica es lo que cada individuo experimenta al llegar a la madurez. Pero ciertas épocas animan este desarrollo: en ellas las perspectivas paraójica o teatral colorea el escenario intelectual…”.

En estos años proliferan las críticas al funcionalismo y al racionalismo. Theodor W. Adorno publica en 1965 su artículo "El funcionalismo hoy" en el que critica el puritanismo anti ornamental de Adolf Loos, sosteniendo que 14 ciertas irracionalidades son esenciales en la sociedad" y que "el ornamento tiene una base psicológica". Adorno añade que "el placer se interpreta, según la ética burguesa del trabajo, como energía despilfarrada... Los limites del funcionalismo hasta hoy han sido los límites del sentido práctico de la burguesía" y que "incluso en las falsas necesidades del comportamiento humano existe un fragmento de libertad".

Josep María Montaner,
La modernidad superada: arquitectura, arte y pensamiento del siglo XX
pág 74-80

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