domingo, 27 de diciembre de 2009

Peter Sloterdjik o por qué cagarse en el eixample I

5. “A la búsqueda de la insolencia perdida”

Un culo estricto rara vez deja escapar un pedo jovial
Proverbio luterano

La objeción, la cana al aire, la desconfianza jovial son signos de salud: todo lo incondicional cae dentro de lo patológico.
F. Nietzsche, Más allá del bien y del mal

Ellos han puesto sus manos en toda mi vida; por eso puede levantarse y salirles al encuentro.
Danton antes de su condena


5.1. Filosofía griega de la insolencia: El quinismo


El antiguo quinismo es, al menos en su origen griego, insolente por principio. En su insolencia hay un método digno de descubrirse. Injustamente, este primer y real “materialismo dialéctico”, que también era un existencialismo, se considera y, consiguientemente, se pasa por alto, frente a los grandes sistemas de la filosofía griega (Platón, Aristóteles y la Stoa), como un mero juego satírico, como episodios a mitad de camino entre la diversión y la porquería. En el kynismos se encontró una forma de argumentar con la que el pensar serio hasta el día de hoy no ha sabido qué hacer. ¿No es basto y grotesco hurgarse en la nariz mientras Sócrates conjura su daimonion y habla del alma divina? ¿Cómo cabe calificar sino de ordinario el hecho de que Diógenes se cisque en la doctrina platónica de las ideas? ¿O será que el ciscarse es incluso una de las ideas que Dios hizo salir de su meditación cosmogónica? ¿Y qué tendría que decirse cuando este vagabundo filosofante responde a la exquisita doctrina de Platón sobre el Eros con una masturbación pública?

Par la comprensión de estos gestos provocadores aparentemente marginales existe un fundamente digno de reflexión, un principio que llamó a la vida a las doctrinas sapienciales y que en la Antigüedad pasaba por ser la cosa más natural antes de que los modernos desarrollos lo descompusieran. En el filósofo, el hombre del amor a la verdad y de la vida consciente, vida y doctrina tiene que estar siempre de acuerdo. El centro de toda doctrina es lo que de ella materializan sus seguidores. Esto puede malinterpretarse en un sentido idealista, como si la función de la filosofía fuera poner a los hombres sobre la pista de ideales inalcanzables. Sin embargo, si el filósofo es llamado a vivir lo que dice, entonces su tarea es, en un sentido crítico, mucho mayor: la de decir lo que vive. Desde siempre toda idealidad tiene que materializarse y toda materialidad tiene que idealizarse para que “para nosotros” se constituya realmente en esencia del medio. Una separación de persona y cosa, teoría y praxis no es considerable en absoluto, desde este punto de vista elemental, a no ser como señal de oscurecimiento de la verdad.

La aparición de Diógenes señala el momento dramático en el proceso de la verdad de la temprana filosofía europea: mientras la “alta teoría” a partir de Platón corta irrevocablemente los hilos para una encarnación material, para con ello entretejer los hilos de la argumentación lo más densamente posible y así lograr un entramado lógico, emerge una variante subversiva de “teoría inferior” que exagera la encarnación práctica de su doctrina hasta convertirla en una pantomima grotesca. El proceso veritativo se divide en una falange discursiva altamente teorética y en una tropa de guerrilleros satírico-literarios. Con Diógenes empieza en la filosofía europea la resistencia contra el descartado juego del “discurso”. Desesperadamente jovial se defiende de la “idiomatización” del universalismo cósmico que había llamado a los filósofos a ejercer su cargo. Bien se trate de una teoría monológica, bien sea dialógica, Diógenes presiente en ambas el engaño de las abstracciones idealistas y la insipidez esquizoide de un pensar cerebralizado. De esta manera, él, el último sofista arcaico y el primero en la tradición de la resistencia satírica, crea una ilustración grosera. Diógenes inaugura el dialogo n-platónico. Aquí Apolo, el dios de las iluminaciones, muestra su otra cara, la que Nietzsche no percibió: como sátiro pensante, como verdugo, como comediante. Las flechas mortíferas de la verdad penetran allí donde las mentiras se ponen a cubierto tras autoridades. Aquí, la “teoría inferior” pacta por primera vez una alianza con la pobreza y la sátira.

A partir de ahora se hace palpable de una manera sencilla el sentido de la insolencia. Desde que la filosofía, sólo de forma hipócrita, es capaz de vivir lo que dice, le corresponde a la insolencia decir lo que se vive. En una cultura en la que los idealismo endurecidos convierte las mentiras en “formas de vida”, el proceso de verdad depende de si hay personas que sean suficientemente agresivas y libres (desvergonzadas) para decir la verdad.

Por otra parte, sólo desde hace pocos siglos la palabra insolente tiene efectivamente un motivo negativo. Inicialmente supone, como en el antiguo alto alemán, una agresividad productiva, un ir hacia el enemigo: “valiente, atrevido, vivaz, arrogante, indómito, curioso”. En la historia de esta palabra se refleja la desvitalización de una cultura. En aquellas personas que todavía hoy son insolentes, el enfriamiento del bochorno materialista no ha sido tan efectivo como desearían aquellos a quienes no les convienen hombres no congelados.

…La teoría de esta insolencia puede abrir en efecto el acceso a una historia política de reflexiones combatientes. Es lo que posibilita una historia de la filosofía como historia social dialéctica: es la historia de la encarnación y de la división de conciencia.

Pero desde que el quinismo ha hecho depender la manifestación de la verdad de factores como el valor, la insolencia y el riesgo, el proceso de la verdad ha derivado hacia una tensión moral hasta entonces desconocida; yo la llamo la dialéctica de la desinhibición. Quien se tome la libertad de hacer frente a las mentiras dominantes provocará un clima de distensión satírica en el que incluso los poderosos, al igual que sus ideólogos del señorío, se desinhiben afectivamente…., si bien bajo la colisión de la afrenta crítica que les llega del lado quínico. Pero mientras el quínico sostenga sus “insolencias” a través de una vida de integridad ascética, el idealismo le contestará por parte de los atacados con una desinhibición disfrazada de escándalo que, en el peor de los casos, llega hasta la aniquilación. Es una característica esencial del poder que sólo él pueda reírse de sus propios chistes.


Peter Sloterdjik, Crítica de la razón cínica, Págs 175-178

continua...

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